Félix González-Torres en el Malba: ¿el arte es de quien lo compra?

La exposición del fallecido artista cubano Félix González-Torres en el Malba redefine el concepto de propiedad de las obras.

Fuente: Crítica Digital.

Somewhere/Nowhere Algún lugar/Ningún Lugar, de

Félix González Torres

En Malba, Figueroa Alcorta 3415, hasta noviembre. (Los miércoles, entrada libre y gratuita)

Judith Savloff

Un chupetín es un chupetín, una pila de papeles es una pila de papeles y un cartel es un cartel. Pero esos objetos cotidianos son también disparadores conceptuales y minimalistas de sensaciones e ideas sobre el amor, conflictos sociales y el mismísimo arte.

Compruébese en Somewhere/Nowhere Algún lugar/Ningún lugar, la primera muestra de Félix González Torres, un artista clave de la escena global en los 80 y 90, que se exhibe en el país, en el Malba y en algunas calles de Buenos Aires. O no. González Torres nació en 1957 en Cuba, pasó por España y Puerto Rico y se instaló en Nueva York, donde murió a los 38 años de sida. Su legado representó a Estados Unidos en la Bienal de Venecia del año pasado.

Esta exhibición incluye stacks (pilas de papel impreso para llevar; la compuesta por un par de pilas propone la disyuntiva que da título a la muestra), rompecabezas, cortinas, guirnaldas lumínicas, carteles, una performance y las instalaciones con golosinas, sus trabajos emblemáticos creados entre el 87 y el 95.

Uno visita el museo y encuentra una montaña de chupetines o una alfombra de 25 metros cuadrados de caramelos envueltos en papel plateado, titulada Untlited (Placebo). Cada uno de los chupetines está envuelto con papeles con los colores de la bandera de Estados Unidos y el conjunto se llama Untitled (Para un hombre en uniforme). Con esa data en mente, empieza a parecerse bastante a un erizo a la defensiva.

En su contexto original, fue una metáfora sobre el fanatismo nacionalista y aquí alude también al engolosinamiento y/o a las críticas al modo de vida estadounidense y sus poderes. Como está casi prohibido no tocar estas piezas, uno toma una de esas golosinas, la desenvuelve, da un lengüetazo y le dice hasta luego al arte como representación. ¿O no?

Chicos jugando con la instalación “Untitled (Para un hombre en uniforme)”

Los trabajos de González Torres son y obligan a experimentar contradicciones. Como explica Sonia Becce, la curadora, las obras se disgregan –los caramelos son caramelos y se comen y las hojas de los stacks están listas para llevar– y al mismo tiempo está pensada para reproducirse al infinito. “Subvierte –señala Becce– las nociones de propiedad privada, autoría y coleccionismo”.

Esos objetos no son arte en sí pero se resignifican dentro de una institución artística. Y vuelven a hacerlo, en sentido contrario, como arte en sí, luego de que su creador decidiera, por ejemplo, que Untitled, una gigantografía que muestra una cama vacía con dos almohadas ahuecadas creada en 1991 en el marco de un proyecto en el MoMa, se exhibiera en 24 calles de Nueva York. El Malba lo muestra en la terraza y exhibe Untitled (Strange bird), un pájaro en un cielo tormentoso, en una sala.

Becce explica: “Esta obra es una respuesta política y artística a la decisión judicial que en Estados Unidos (¡hasta 1986!) negaba el derecho a la privacidad cuando ésta se refería al hogar de una pareja gay. La policía podía irrumpir en una vivienda y convertir la convivencia de dos personas del mismo sexo en un asunto de orden público”.

En los trabajos de González Torres hay continuidad entre lo público y lo privado. No son necesariamente esferas separadas. También usó cartas de su pareja Roy –quien falleció de sida en el 91– junto a recortes de diarios para armar los rompecabezas. Y colocó los dos relojes de pared idénticos que se van desincronizando a medida que las pilas se gastan como marca ambigua, otra vez, del amor ideal y/o el final.

Con esos tic-tacs, con los caramelos o con la imagen de esa cama vacía y aún ahuecada, “la máxima presencia nos enfrenta con la pérdida”, como agrega Alan Pauls. Y nos deporta al reino de la intimidad.

De vez en cuando un bailarín con un short plateado y iPod irrumpe en la exhibición. Se sacude, perturba un rato y se va. La plataforma de Untitled (Go go dancing) queda vacía. Y las luces, claro, prendidas.

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~ por Lord Wigan en octubre 17, 2008.

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