El fin del periodismo (octava parte)

Esto sí que es apasionante!!!

Como muestra, va este pequeño fragmento del octavo capítulo de la saga de Esteban Schmidt:

Además de comprar funcionarios, hay que comprar a los periodistas o a los jefes de los periodistas quienes, amenazantes, empiezan a hacer llamaditos. El periodismo de investigación es, más que nada, aumento del gasto público.

Schmidt y el fin del periodismo: primer borrador, octava parte

Volvamos a la redacción de Crítica, a la sede de la contrarrevolución en la calle Maipú. Donde lo mejor del último diario de papel es el porcentaje de recurso humano contratado que todavía ambiciona trascender su tiempo con las palabras, contar la historia, hacerla, ¡eso!, en todos sus detalles urbanos, suburbanos y villeros, registrando a las personas de arriba, de abajo y del medio, y que su meta profesional es decir todo lo que se pueda, pero lo mejor que se pueda. El principal activo del diario, en ese sentido, es tenerlos a mano y pagos. Ah, pero lo peor es la antipatía ideológica de los directivos periodísticos que les impiden hacer su trabajo con continuidad y que sus artículos queden bien rodeados. Lo peor de lo peor es la coreografía informativa unidimensional, la repetida provocación de volver grotesca cualquier escena pública. De desnudar con bromas o con denuncias permanentes que el mundo fue y será una porquería, como ya lo saben ellos, los directivos. Un método de análisis que ya está naturalizado en las veinte o treinta mentes que integran el cuerpo de editores de retaguardia junto a los redactores más sensibles a las ideas del padre fundador. Que vienen a contarnos, una vez más, un día más, que el mundo es un teatro. Que, nosotros, queridos Chichi Píos, como decía ese referente del cualunquismo, Tato Bores, fuente y parte integrante ideológica del lanatismo, no tenemos que creer tanto. Que los políticos, sindicalistas, presidentes de clubes, cualquier persona que represente intereses, son, además, truchos, porque antes dijeron una cosa y ahora dicen otra. O porque no dicen lo que de verdad piensan. Esa maqueta ideológica transportada, entonces, a todas las escalas de la vida pública que merezcan un artículo periodístico.

Irreflexión de gag corto, a lo Nik, sobre el poder político y sus distintas manifestaciones, y el titeo, la burla a lo Sofovich, a lo Lanata, a los hombres públicos, son los genes periodísticos predominantes que sólo admiten la competencia o asistencia de otro gen, el de la denuncia al estilo de Investigaciones Klipphan. Como si la relación entre política y delito fuera una novedad de estos últimos años y no la constante, inherente tanto a la política como a los negocios, del último milenio. Jorge, la historia que hoy le vamos a contar a la gente es la de un intendente que contrató a su hermano de director de higiene. Con Investigaciones Klipphan poniendo su bota sobre Vicco, sobre Pico o sobre Rico, la corrupción sumó un nuevo eslabón, la prensa. Además de comprar funcionarios, hay que comprar a los periodistas o a los jefes de los periodistas quienes, amenazantes, empiezan a hacer llamaditos. El periodismo de investigación es, más que nada, aumento del gasto público. (Volveremos sobre esto.)

Sobre el arte, los espectáculos y el deporte, en ese diario, todo el peso ideológico cualunquista también. En esas áreas se aplasta la herramienta crítica en el nombre de evitar lo aburrido. Para lograrlo, un artista de la televisión dirige las páginas de cultura, y para compensar se encomienda a intelectuales analizar partidos de fútbol. Con ambas cosas se camufla con simpatía un enorme prejuicio antiintelectual, al que se prestan sin resistencia, intelectuales atraídos por la famosidad que despide Lanata. En el primer caso, lo que parece una prevención contra la solemnidad de los especialistas termina siendo una vacuna contra el conocimiento. El clásico a mí no me hablés en difícil. Que tampoco funciona como disparador de nuevas y más simples maneras de ver las cosas. En el segundo, los intelectuales puestos a mirar fútbol ceden al hincha que quieren ser y logran que nadie los lea. Ni siquiera los intelectuales. Ni hablar de los hinchas realmente existentes. Estos intelectuales son animados por creencias sobre cuáles son las necesidades del mercado y cuáles las de su sobrevida y, entonces, escriben sobre cabezazos y corners con mucho gusto. A lo mejor lo hacen por una fuerte inseguridad respecto de quiénes son, tal vez hombres reservados y modestos (que llaman tan poco la atención) y esta es una oportunidad de mostrarse sociables, optimistas, ¡normales!; o es miedo, por qué no –si el miedo acompaña siempre cualquier cosa–, a volverse invisibles si no incorporan el elemento fútbol en su obra literaria, en sus perfiles de Facebook.

El locutor de la televisión tampoco puede hacer bien tele en la sección cultura y cede a ésta, tal y como viene envasada por las distintas industrias, sin volcar el contenido sobre la mesa de la redacción a ver qué más se puede hacer. Se regala, ¡con gusto!, a la máquina de referencias culturales dominantes. Ah, hay que mirar Lost. Bueno: Lost. Cuando todos los boludos de la Argentina corren a alquilar o a bajarse Lost. ¿M.D. House? House. Y así, en esa línea sin personalidad, sin pelea, sin tensiones, obediente de las modas, no consiguen ni la atención de Beatriz Sarlo que, en una caracterización de baile de club, podríamos decir que es una mina que da bastante bola, sino que tampoco entran en el radar de Beatriz Taibo. El locutor hace los deberes con el mainstream y se atornilla a la línea de montaje del diario obturando el camino para que los que tengan algo nuevo o algo mejor que decir se frustren y se ahoguen en la imposibilidad. Digamosló una vez más: Lanata es el nombre propio del síntoma. El problema son las personas inteligentes, formadas, que se han entregado y se entregan ante un empresario de caprichos muy básicos que, obviamente, cree no tenerlos, entre otras cosas, porque durante muchos años, le celebraron sus barbaridades o las hicieron pasar por estilo de algo más hondo: ¡ah, cómo es Jorge! El problema son las personas que, habiendo recibido buena escolaridad, habiendo tomado leche de chicos, e incluso habiendo pasado por la universidad, no hacen honor a su instrumento, su intelecto, y por comodidad, por vagancia, por pánico, prefieren ser los segundones, actores de reparto de figuras estelares simples que, por serlo, se abrieron paso a los gritos en los peores años de la Argentina, en alguno de sus peores escenarios: la televisión. Y que los llevan con ellos, generosamente, hay que decirlo, a ganar plata dulce.

No sabemos si Caparrós, que es historiador, para evitar ser caracterizado en términos como estos o, sólo por la imposibilidad de influir en la agenda del diario sin que eso le comiera todo el día, se borró recientemente de la actividad y eliminó a Crítica de sus eventos. Pero sí sabemos que todos los periodistas narrativos que cambiaron sus trabajos a su pedido –por la plata, también, obviamente, pero a su pedido, porque trabajo ya tenían y más plata podían ganar de cualquier otra manera– se quedaron colgados del pincel, teniendo que discutir sus trabajos con gente que mira televisión. Que mira Lost. O con Galtieri. La contraofensiva narrativa, las fichas que Caparrós había jugado en ese diario, fue detenida apenas cruzaron la aduana. Y el comandante que los arengó volvió a su hamaca sin notificarles que se desetiquetaba del álbum. Ahora, los periodistas narrativos no están más en una relación con Caparrós que, sin embargo, sigue en una relación con Jorge. Y Martín se unió mucho más fuerte que antes al grupo Qué lindo es dejar todo como está. Más grandes, los compañeros, más moderadas son sus expectativas. Que se moderan hasta que no se pueden hacer más lentas, como diría René Lavand. Ya estaremos ahí. Ya seremos también nosotros como un motor diesel.

Los narrativos, los incomodados por el salto del director al Teatro de Revistas y por el abandono del sub, han quedado ahora a merced de Galtieri y del estilo de conducción castrense que contagia a toda la tira de coroneles y tenientes. En cuanto puedan, sabemos que partirán, porque ya han perdido en esta elección laboral uno de los mejores años de sus vidas, de los más productivos. Los otros compañeros, los no narrativos, los que escriben noticias y hablan con fuentes, y usan camisas de fuerza para vestir sus personalidades y no dar que hablar, que está tan mal visto, se amargan hasta el punto en que sueltan en el chat palabras fuertes y acusaciones duras sobre su ambiente de trabajo, sobre sus editores, sobre Galtieri. Es una película danesa, del dogma, pero a puro enter. Se quedan, entonces, toda la tarde con el estado de su Gtalk en verde, temblando internamente de rabia, ah…, pero desaprovechando también la inmensa fortuna de tener un trabajo en blanco, con aguinaldo, con vacaciones, con francos, y utilizar esa renta para concentrarse en algo más que en la queja. El Gtalk en verde, le contamos a la derecha que usa el MSN, significa que la persona está visible para los demás. Que la pueden chatear. Porque está al pedo.

Y así como están los molestos, también están los que no se pueden molestar con nada. Jubilados y jubiladas que aun no cumplieron los treinta años. Que necesitan siempre restituir el orden, el respeto, en los ámbitos en que se mueven y que necesitan que esté todo bien aunque esté todo mal. Y que hacen que no, que el pase de Jorge al teatro de revistas no los incomoda para nada. Y que ligarán, como todos en el diario ligarán, entradas gratis para ver el espectáculo, para llevar a sus padres, a sus tías del interior, con quienes irán, tan disciplinadamente como vivieron ese día, a comer pizza a El Cuartito o a Guerrin. Como hay que hacer. Total, por cuatro días locos que vamos a vivir. Ya se restablecerá totalmente la paz, la lealtad y la admiración con el artista de variedades. Es cambiar de sombrero para pensar. Sacarse, pongámosle el rojo que hace ver las cosas maaaaaaalll, y ponerse el verde, el de Greenpeace, el de Sprite, el de visible en Gtalk y así poder vivir en armonía todo el tiempo del mundo con un director que pone su nombre grande en la tapa del último papel, como ningún otro director de diario lo hace. Como no lo hace ningún otro director de ningún otro diario que valga la pena leer en el mundo.

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~ por Lord Wigan en octubre 8, 2008.

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