El fin del periodismo (séptima parte)

Continúa la apasionante saga de Esteban Schmidt.

A disfrutar!

Schmidt y el fin del periodismo: primer borrador, séptima

parte

Ahora juguemos al péndulo y hablemos bien de Oscuro. Enumeremos: lo podemos recordar. Ya está. Eso es todo. Eso es lo mejor que podemos decir de Ernesto Oscuro. Que lo podemos recordar. Que su personalidad compleja, como de sargento criado sobre un bote en el Pilcomayo y con un padre mudo, y su módica producción cultural y política, no le impidió ganarse un lugar en el olimpo que nuestra memoria ha reservado para los hombres grises del frente del país solidario. No de todos los etiquetados en ese álbum podemos decir lo mismo. Eso mismo que hoy decimos de Oscuro: que lo podemos recordar. Lamentable para aquellos que son y serán olvidados por los que estamos dispuestos a hacer algo con el recuerdo y a contar la historia. En la que no figurarán. En la que serán sólo fondo. Nosotros, los dispuestos al recuerdo y a contar, estamos interesados, por sobre todas las cosas, en el progreso de la especie, queremos que lo sepan los inocentes que nos leen, todos los que todavía no han visto nada; y en lo nuevo, estamos interesados en todo lo nuevo que haya para decir, para ver, para oír. Metas civilizadoras que requieren, como mínimo, evitarle al país nuevas tragedias. Evitar la tragedia de un nuevo frente del país solidario. Que las futuras generaciones puedan sortear el doloroso accidente en cadena de un nuevo grupo de los ocho. Que se formará, por dios, se formará.

De este lado del río, insistiremos tanto y tanto sobre este punto como para que en el futuro todas las películas de terror requieran de un grupo de los ocho para meter miedo, hasta constituirlo en verosímil obligatorio, marca de género, como ha requerido, hasta ahora, la industria del cine, de hombres feos y monstruosos, con colmillos, con jorobas, con quijadas, para representar el pánico, el miedo a lo desconocido. Hasta ahora. Porque serán ocho los ojos mochos de las próximas fantasías de susto, ocho los venenos empapelados con gacetillas de prensa, ¡laas moo-miass! haciéndole denuncias a Alderete, que no se le han negado a nadie, subiéndose a colectivos, presentándose como buenos vecinos en casas de pasta de Villa del Parque y luego, zas, echándose en el living de la gente a tomar del bar, a llamar a prostitutas, mientras los chicos tratan de abrir la puerta, muertos de calor y de sed, sin aire, en el playroom, y no pueden salir. Los chicos no pueden salir, no pueden. No pueden.

Carlos “Chacho” Alvarez

Oscuro sobrevivirá en la ficción de los filmes organizando las conferencias de prensa vestido de hábito negro con capucha extra large, como un monje trapense del Apocalipsis, repartiendo comunicados con los que los ocho estarán salvando, en la película, a la patria. Pero no de sí mismos. Salvándola con comunicados. Si nos esmeramos lo suficiente, Oscuro será una ficha en el Wikipedia 10.0. Y parece que nos esmeraremos, y que los esmerilaremos, porque hay un ruido de fondo en la argentinidad, en la criollez, que nos permite alucinar que todavía hay algo que está rojo, que todavía está abierto y sobre lo que se puede echar aceite, romero, ajo, lavanda, para que se absorban y se cocine el cordero como más nos gusta, tres horas con el horno a 240 grados. Todo el procedimiento de intervenir sobre lo vivo, o al menos sobre lo rojo, aunque sólo esté vivo o rojo en nuestra memoria, nos hace mover la patita, nos hace palpitar. Como AC DC a la mañana, como Leonard Cohen a la noche. Así que lo que está vivo o muerto en nuestra memoria allí permanecerá, vivo o muerto, para siempre. Porque nosotros somos los dispuestos a destilar y a ventilar nuestras ideas e impresiones. A no guardarnos nada. Los dispuestos a dar fe de que se extingue lo que tanto amamos. Y nos apena tanto, tanto que se extinga lo que amamos que, como hijos responsables y agradecidos de esta tierra, nos quedaremos hasta cerrar el boliche. Vamos a ser los últimos en irnos del entierro. Daremos, tal vez solitariamente, por finalizada esta epopeya confusa, este intento hermoso de hacer un país y de no haberlo logrado. Somos los que vamos a empujar la tierra con las dos manos para tapar el pozo, partidos en dos del llanto, porque somos la última generación que acá cantó el himno con respeto, sin erutar en el estribillo.

Hasta que la inviabilidad muestre (¿mañana?) su nueva cara de muerte y destrucción nos quedaremos en el office escribiendo. Con las tremendas ganas de hacerlo y con la obligación autoimpuesta de que esto nos saque de pobres. Ni en pedo debe ser esta una actividad de perdedores o de perdidos. Que sea la actividad cancherísima que es. El esfuerzo que sólo debe ser realizado con el escritor envuelto en terciopelo sentado sobre sillas soft, con aire, con ruedas que vuelan. Tendríamos que ir ya mismo a señar un descapotable, hermanos. Escribir y comer arroz con atún a la noche, escribir y tomar café con leche y pizza fría a la mañana, no pueden ser combos cerrados. Porque si en nuestros borradores vamos a hablar de gente que gana ocho mil dólares por mes haciendo la prensa del MERCOSUR, no sólo no merecemos menos, sino que no nos conformamos con menos. No te podés exponer a que uno de estos forros de los que hablamos las últimas semanas y que han contribuido a fundir el país y, si no a fundirlo, a hacerlo más desconfiado, más intransitable y más invivible, y que han hecho todo lo posible para que seamos la última generación que cantó el himno con respeto, nos amasije un día con el auto y terminemos olvidados en un nicho del Cementerio de Flores. No da. Este gasto inmenso de energía que hacemos, merece un homenaje en vida. Porque el Word no funciona solo. Hay que cargarlo. Y no somos de familia de guita. Tenemos que comprar las horas que hacen falta para escribir. Que las compramos trabajando. De lo que nos gusta, ¿eh? No es que sufrimos, no queremos engañar a nadie. Hacemos bastante lo que se nos canta. Vivimos de lo que se nos canta el orto. Pero queremos más. Queremos salir de pobres, ahora. Bien, bien saliditos. Porque del entierro de la patria nos vamos a las Seychelles.

Volvamos, sí, ahora, al tema de nuestro pequeño seminario iniciado en la sexta parte del primer borrador del fin del periodismo. Hablamos ya de una mala fuente, el caso de Oscuro, aunque ciertamente se puede profundizar en futuras entregas. Hablemos ahora de una buena fuente. Una buena fuente es alguien feliz de ser una fuente, no un insatisfecho con la posición social de fuente. Se trata de alguien ensimismado con el proyecto de ser fuente, entregado al oficio, optimista en general —porque un melancólico es mala fuente— con una agenda cargada y siempre asociada a aquello que provee informativamente. Lleno, entonces, de reuniones políticas, de cafés pendientes. Una buena fuente actualiza su estado un lunes a la mañana diciendo: empiezo una semana llena de reuniones. ¡Bueno!, pensamos, nosotros, pero cuánto nos gustaría desactualizarte. Podés quedarte mirando dibujitos, loco. Sabelo. Va a ser lo mismo. Pero al menos tiene su agenda secreta la fuente, eso es importante, no está sólo para ser forro de los demás. Tiene sus reunioncitas, sus pequeñas ambiciones. Al tener su agenda secreta, multiplica el goce del periodista que lo frecuenta porque sabe que la fuente algo esconde, que por algo lo hace, y eso al periodista lo hace sentir bien, le gusta ver que capta una tramoya, y le gusta sentir la mala intención de las fuentes porque le calienta la mala intención de todo el mundo. La mala intención es y será noticia. Ese es el campo de la prensa: la mala intención, sus causas y consecuencias. Y la cosa argentina de ser un turro, ¿no cierto? Todo lo que funde con la tradición produce una hemorragia de placer. La idea de hablar con un turro o un turrito o con una tremenda turra, eso intraducible del ser nacional, es un polvo al mil por ciento.

La buena fuente le resuelve el día al jornalista sin generarle ningún conflicto adicional. Sin la necesidad de chequear una segunda fuente que puede estirar tanto el regreso a casa a mirar televisión. Una buena fuente cuenta, con mucho criterio cronológico, una reunión del Consejo Metropolitano del Partido Justicialista y le dice al jornalista, que anota, que Alberto Fernández llegó a la cita con Juan Manuel Olmos y no hay que preguntarle quién carajo es Olmos porque la fuente ya te dijo que el gordo Olmos es el dos de Víctor Santa María, o sea, el que le lleva el bandoneón al representante de los encargados de edificios al que nunca le encargaron un edificio y que es, pobrecito, tan dado a lo cultural. Y te dice, la fuente, entre quién y quién se sentó Alberto, y qué fue lo que dijo esa eminencia caída en desgracia, ese turro, en la reunión del Consejo Metropolitano. De menor a mayor, todo lo que se habló, distinguiendo entre: anecdótico, importante y grave.

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~ por Lord Wigan en octubre 6, 2008.

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