El fin del periodismo (sexta parte)

Estas notas de Esteban Schmidt actúan como los capítulos de la serie inglesa “The Tudors”. Terminó uno y ya queremos ver el otro, y el siguiente, y así. Lo que ocurre con “El fin del periodismo” es que no ha concluido aún la primera temporada, si no ya estarían vendiendo la colección a precio oro.

Aquí un nuevo capítulo.

Schmidt y el fin del periodismo: primer borrador, sexta parte

Hablemos de cosas lindas. Hablemos de fuentes periodísticas, que es algo tan, tan importante que en las carreras de periodismo ha llegado a ser una materia en sí misma. Las chicas de la UB, de la UP, de la UTDT, toman Rivotril antes de rendir Fuentes y los chicos se presentan directamente al segundo llamado. No, me van a hacer mierda. Dicen y se quedan en la cama hasta el mediodía. Después de almorzar preguntan por el gtalk a los más valientes cómo les fue y qué les tomaron en Fuentes. Se ponen diarreicos ante la idea de tener que exponer sobre una fuente informal.

Una fuente periodística es, digamos, tanto un lugar físico o virtual, como no, como simplemente aquel mamífero cuadrúpedo vertebrado, parlante o no parlante, de cualquier sexo y factor rhesus, del que un jornalista obtiene la información necesaria para hacer sus artículos. Sí, así es exactamente. La hemeroteca del Congreso es una fuente periodística. Google es una fuente periodística. Wikipedia es también una fuente periodística. Cualquier tumor de bytes que flote en la red y que disponga de un agujerito blanco rectangular delineado predominantemente en negro y que diga en su parte inferior search es una fuente. Se pueden hacer notas sólo disponiendo de ese recurso técnico más un cable de la agencia Télam que tenga el elemento informativo del día que justifique la publicación de un nuevo artículo. Y, sin el cable de Telam, también se puede hacer. Basta ir a Google News y ver qué es lo último. Esto, obviamente, ha contribuido mucho al abaratamiento, no sólo económico, del producto periodístico, así como también a su multiplicación lumpen en la forma de diarios gratuitos. Todo lo cual ahonda el desprestigio de un oficio que, si bien fue fácil siempre, conservaba hasta la universalización de Internet cierto misterio en su ejecución diaria. Ahora requiere de una muy mínima alfabetización digital. Ahora el recurso humano puede ser más virgen y más barato. Los amigos que nos chatean por las tardes lo saben bien. Se preocupan por eso. No quieren ser los sapos del siglo inalámbrico calentándose hasta morir en una redacción.

Carlos “Chacho” Alvarez

Pero el tema de esta reunión era fuentes, sobre el que podemos hablar aún en presente por encontrarnos en el límite de la historia entre lo que fue y lo que ya será de otro modo. Aunque cabe un poco el desorden en que presentemos estos temas porque como decimos en el título estos son, compañeros, borradores. Ya iremos en busca de la gestalt de las palabras y las ideas. Pasemos entonces a considerar las fuentes humanas: lo más interesante del asunto. En el negocio se habla de fuente, buena fuente, muy buena fuente, gran fuente y mala fuente. Después de mala fuente viene: es un pelotudo. Una mala fuente es alguien de quien se espera que sea fuente porque ha sido formalizado como tal por la institución o por el que dispone del recurso económico para rentarlo y que, sin embargo, hace el trabajo como el orto, juicio que no siempre es el mismo entre quien paga a la fuente y los periodistas. En el frente del país solidario, un ámbito que conocimos bien, un espacio que ha sido y será por mucho tiempo un gran bestiario artístico para nosotros, además de la fuente de dolor que ya ha sido irreparablemente para la Argentina y –abrimos subordinadas– para las familias de los adolescentes que no pudieron escapar de un boliche de Once ubicado a siete minutos en subte del despacho de un intendente que llevaba cinco años en el cargo y que fue mal inspeccionado por una mala funcionaria que mal inspeccionaba todo, designada por recomendación de la hermana del intendente que mal designaba, la imperfecta Vilma, que mal recomendaba para mal inspeccionar con toda mala intención para que, así, como quien contempla un choque en una avenida desde un avión a dos mil metros, ver morir mal, de lejos, y sentirse, sin embargo, bien, y preguntarse, luego, teatralmente ¡quién fue!, ¡quién fue!, porque nosotros seguro que no, en casa, armando Rastis, estábamos, con los gordos y que –cerramos estas subordinadas– eso era el frente del país solidario, esa agrupación, esa asociación, que tenía como fuente formalizada, antes de convertirse en una máquina de mal inspeccionar, a Ernesto Oscuro, un gran futbolista, recontra macho, de bigote negro tupido de cobrador del ACA, y que había sido un redactor muy de regular para abajo en el diario 12, en la mejor época del 12, donde esas no cualidades se notaban más.

Escribir mal, así como escribir bien, no son inscripciones en el código genético que distribuyan aleatoriamente la habilidad o la impericia para la escritura en una generación. Es trabajo. Son horas, sentado, y la dosis de vergüenza que le impida a uno publicar porquería. Y así, entre la dedicación y la vergüenza, se hace un buen redactor. Oscuro, entonces, era vago o no tenía vergüenza. Hay quienes dicen que las dos cosas. Puede ser. No estuvimos ahí, no lo vimos hacerse cronista. Pero sí, cuando lo conocimos, en el año 1996 después de Cristo, quisimos saber más sobre él dado que iniciábamos una relación y, al igual que hoy, que cuando queremos saber más de alguien los buscamos en Facebook a ver de quién es amigo, a ver qué serie de televisión le gusta y cuál es su frase de cabecera, bueno, hace diez años, alumnos, esto a lo mejor se toma en diciembre, uno le pedía el sobre a Aarón con todas las notas escritas sobre tal persona o, si era escritor del diario, con todas las notas escritas por tal redactor, como por ejemplo las notas escritas por Ernesto Oscuro.

Aarón Cytrynblum, hermano de Marquitos, el célebre Papito de Diario de la Argentina, la gran novela de Asís, era un tipo bárbaro, ansioso, obsesivo y amable. Era el jefe de archivo de Página/12. Del 12, como le decimos aquí, cariñosamente e intertexteando, o como se gerundie un intertexto, a Fogwill. Así, en una tarde, con la ayuda de Aarón, nos leímos la obra periodística completa de Ernesto Oscuro. Hombre de muy pocas palabras en su vida social, la obra de Oscuro estaba saturada de dijo, dijo, dijo, con algún afirmó en el cuarto párrafo cuando el autor mismo se ve que sentía el mono tono y, se ha podido leer que el ministro se explayó, en algún artículo el día que Oscuro llegó de un desfogue histórico. No mucho más que las cincuenta palabras con las que hizo periodismo –y que pueden ser todas las que hacen falta para hacer periodismo– le alcanzaron luego para hacerse entender con los periodistas cuando pasó del otro lado del mostrador, como se dice siempre. Cuando no se hizo entender, tampoco se hizo un gran problema porque, finalmente, trabajaba a la sombra y apañado por una figura pública emergente, el Chacho Alvaggez, que era dos veces menos cordial que él y que, así y todo, con ese talante, con esa misantropía que tantos nuevos pobres y tragedias le trajo al país, aspiraba a la representación popular. No más que cincuenta palabras le bastaron a Oscuro para ser una mala fuente. Para ser, según algunos, un pelotudo.

Oscuro había estado sometido a alguna suerte de disciplina militar en su juventud, antecedente que acentuaba el contraste con la inmensa mayoría de personas con las que debía tratar en el campo del periodismo y en el propio campo del frente del país solidario que no habían hecho siquiera una colimba blanda. Perfectamente se puede decir, entonces, que el Chacho Alvaggez lo reclutó cuando Oscuro hacía informes desde el Congreso para el 12. Se trataba del mismo dinero, o más, a cambio de dejar de sufrir en una instancia de la vida económico social, la redacción de un diario, que superaba su nivel de instrucción y pudo, entonces, Oscuro, desarrollar su sentimiento armamentista, su concepto feroz de disciplina y ponerse al servicio de un nuevo general, reservado, reservadísimo, con un único garrón observable: redactar gacetillas y mandarlas a los diarios. Y llamar, después, para ver si las habían recibido, ritualmente, a las seis de la tarde, y anunciar, todos los mediodías de dios durante los cinco años que siguieron a su reclutamiento, con un telefonazo siempre urgente las ciento nueve mil conferencias de prensa que dio Chacho en el Hotel Castelar. Incluida, la más importante de todas. La del día que Alvaggez se borró, que actualizó su estado a renunciado, a superado, por lo tremendamente incómodo y, cuando no, abuggido y, cuando no, completamente al pedo que es intentar gobernar este país. Nuestro país, como nos corregían los maestros.

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~ por Lord Wigan en octubre 2, 2008.

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