La rubia tarada

En esta nota publicada hoy en Página/12, el profesor e investigador Roberto Follari le hace un justo homenaje a Mirtha Legrand, la misma pésima actriz que una vez se declaró “rubia por fuera, pero también por dentro” y que, como sugirió Cecilia Rossetto, solía hacer felatios debajo de los escritorios castrenses durante la última dictadura.

La señora y su séquito

Los medios son una representación de lo real, más allá incluso de las intenciones de quienes los protagonizan. A través del discurso mediático quedan de manifiesto posiciones, antagonismos, juicios y prejuicios. Sin embargo, poco se debate sobre los medios y casi nada en los propios medios con sentido autocrítico.

Sus ademanes aristocráticos no impiden que se haya convertido en una tradición casera y casi barrial, familiar para las clases medias como el dulce de leche y el mate. Sus almuerzos son una institución establecida y han hecho de la banalidad centrada en las buenas formas una marca de origen. A esa hora en que la urgencia alimentaria llama a evadir el pensar, suele ser bienvenida la futilidad distractiva que caracteriza su programa.

Sin embargo, la Señora cree que no todo es trivialidad, y se decide –de vez en cuando, entre encuentros dedicados al espectáculo– a enfrentarse a cuestiones de fondo: el paro patronal agropecuario (que ella no llama así, por cierto), la seguridad ante el reciente triple crimen. Y no siente que la ignorancia sea un obstáculo para enfrentar esos desafíos: con desmesura y audacia nos espeta su singular modalidad de interrumpir a los comensales para insuflar sus comentarios, aun cuando se trate de temas que no son fáciles siquiera para los especialistas.

Un largo camino recorrió esta muchacha desde que hacía cine como miembro del par de hermanitas hasta sus actuales inquietudes por las cuestiones trascendentes. Camino con más luces que libros, más cócteles que conferencias, más divertimentos que estudio. Nada de ello le impide demostrar –a cada paso, como si fuera una obligación– que la trivialidad es más grave cuando se ejerce sobre cuestiones no triviales.

“¿Se viene el zurdaje?”, preguntó con aire casual al entonces recién electo presidente Kirchner, sin que se supiese si ignoraba la brutalidad del apelativo, o lo había usado con plena conciencia. Ya desde entonces prefiguraba cuál sería su relación con un gobierno que –desde su mirada– se hacía intolerablemente progresista, alejado de la gente que ella suele frecuentar en salones y reuniones sociales.

Hace unos días, reiteró en su programa la presencia de la denominada “Mesa de Enlace”; estaban tres de sus miembros, junto al inefable De Angeli. Allí la Señora desgranó el repertorio de su sapiencia: se escandalizó porque hay niños con hambre en el Chaco, como si esto fuese nuevo o –mejor dicho–, como si los índices de pobreza e indigencia no hubieran bajado en los últimos años, y subido brutalmente en los tiempos de un Menem al que la Señora solía festejar. O como si la Sociedad Rural, cuyo representante estaba sentado a su lado, no hubiera prohijado cientos de planes económicos elitistas y antipopulares que han fomentado el hambre y la miseria entre las capas más pobres de nuestro país.

El módico institucionalismo de Eliaschev lo llevó a cuestionar a De Angeli por los cortes de ruta; la Sra. se mostró azorada. Quedaba entre dos fuegos: su rechazo por las acciones callejeras directas (cuya tradición popular le resulta intolerable) y su agrado cuando esas acciones van contra lo que desaprensivamente llamó “el zurdaje”. Se mantuvo impávida cuando con su estilo no muy ilustrado, el hombre de Gualeguaychú afirmó: “No estaríamos aquí si no hubiéramos cortado las rutas”. Siguió un módico señalamiento de la Señora tratando de cerrar filas, ante la advertencia de una notoria fisura en el frente unánime de admiración agropecuaria que había invitado a su atildada mesa.

Perla mayor fue la pregunta a Buzzi, de si De Angeli no le está haciendo sombra. Con su rebuscado campechanismo el líder de la Federación Agraria –devenido en furgón de cola de la Sociedad Rural–, por teléfono suelta: “Si Alfredo es más bueno que el quaker…”. La Señora festeja esa ocurrencia nada espontánea. No le parece extraño que tan benigno retrato sea el de quien comandó cientos de cortes de rutas a la fuerza y declaró tener escopetas y carabinas para responder a quien pudiera oponerse.

En ese espacio de oquedades se juega la conciencia de cierta clase media argentina actual. Argumentos vacíos, ideologías arcaicas que los justifican. Creencia de que hay ciudadanos de un lado, y “acarreados” del otro. Vocinglería que puede justificarlo todo si va contra un gobierno que es acusado de “zurdaje”. Y –la Señora como metáfora del país–, lágrimas de cocodrilo sobre la pobreza, mientras se colabora a sostenerla. Un ritual de apariencias cuidadas, bajo las cuales yacen la superficialidad y el más ramplón de los sentidos comunes.

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~ por Lord Wigan en septiembre 24, 2008.

2 comentarios to “La rubia tarada”

  1. Sugiere, Johnny Orozco que:
    La señora escuche… ( Black’n Blues… )
    La versión de don Louis Armstrong… se entiende perfectamente.
    J.Orozco, autor de los afamados conciertos en bodegas de vinos, mendoza, argentina.

  2. MI mamá, una mujer muy humilde y muy trabajadora,me enseñó a respetar a los mayores, aún cuando hablen pavadas. Mi padre un obrero metalurgico con muchas lecturas y calle me explicó que no es de hombres hablar mal de una mujer. Perdónenme, padres amados, pero la Legrand es una vieja de mierda.

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