El fin del periodismo (cuarta parte)

El maestro Esteban Schmidt no para de escribir y de sorprendernos.

Adelante!

Schmidt y el fin del periodismo: primer borrador, cuarta parte

Escribimos el fuck hondo que podemos. De qué vamos a hablar. Si armaron una ciudad, con unas experiencias de clase que ha implicado el desfile de un millón de vecinos, aunque sea diez minutos, por el CBC, como se puede apreciar en cualquier pelotero de cualquier restaurante en el que cualquier padre le refiere el panóptico a cualquier niñera que dice claro, y dice obvio, grosso Foucault; una ciudad en la que media sociedad civil se anotó en el Rojas para hacer algo, y la otra mitad lo consideró, porque en todas las familias de la clase media de Buenos Aires, uno de los hijos también pasó por el TEA, por el DEPORTEA, o quiso pasar y porque en los bares donde nos constituimos a diario, en los comedores a los que vamos cuando podemos, y a los cumpleaños a los que todavía nos invitan vemos que la gente es tan dependiente de la industria simbólica que casi no se puede hablar sin decir nombres propios, que casi no pueden entenderse los invitados si no mencionan apellidos prestigiosos de las fábricas de caparazones, de sobres, de envoltorios, de forros y, según los hogares, los apellidos estelares que se cantan, salvando esa época, ah…, que duró cinco años en que un solo apellido doble, Agulla y Bacetti, fue santo y seña en los livings de cien mil familias, que lo repetían porque sí, y eso fue lo más doloroso, que tantos inocentes mejoraran la visibilidad y el patrimonio de dos caraduras a cambio de nada. ¡Cómo distribuyó socialmente el interés por la forma ese dúo histórico! Cómo establecieron los exactos términos de la salvación. Esos palurdos con macs y cabriolets.

La industria del entretenimiento, vistosa y pujante en los años noventa, fue la lucecita de esperanza del cardenal Samoré para muchas familias de clase media, para que sus hijos pudieran progresar, cuando ya no se podía progresar. Más que nada los hijos menos afectos al estudio. Los que menos atención prestaron en biología y en matemáticas. Y les pagaron las cuotas de los institutos y, aunque pronto descubrieron que la inserción de los chicos en los medios no iba a servir para el mejoramiento patrimonial, porque la vocación de empresario que se requiere para saltar el corralito de los asalariados no se arma en dos años, ni de grande, advirtieron también que los medios los compensarían de manera eficaz, lo que es decir, de manera simbólica, porque el fuerte de la promesa de los medios, para sus trabajadores, es la dimensión imaginaria, la importancia pública y el reconocimiento que sus vecinos les transmiten.

La fascinación popular con los periodistas, para usar un genérico que podría contener también al que atiende los teléfonos en el programa de una radio pentecostal, respondía al feeling de que integraban un sector dinámico de la pobre economía nacional y que además, por pertenecer a él, le aseguraba al chico y a la chica, a los aspirantes a soldados de una radio, de un diario, de un canal, la proximidad con los círculos de poder que la violenta segmentación social y la pérdida de espacios urbanos interclases habían vuelto cada vez más lejanos e inalcanzables para las mayorías. Los círculos de la política pero también del mundo del espectáculo o, del mundo del espectáculo pero también de la política. Porque así en ese orden es como se ajusta más al morbo y al entusiasmo con que eran percibidos. Y como la plaza pública fue cedida por las élites más comprometidas con la verdad y el progreso –que fueron siempre la política y la universidad–, los periodistas coparon el escenario, multiplicando así su importancia y atractivo para las masas. Además de informar y manipular la información, lo que la prensa hizo siempre, se convirtieron en voces esperadas para arbitrar en decisiones importantes. Fueron y son, también, sicarios de guante blanco. Si en Francia ciertos debates como genoma tienen como últimas palabras las de los científicos, en la Argentina, los argentinos quedamos, en un día bueno, en las manos de Adrián Paenza, un comando tecnológico de Fantasy, para decidir qué nos conviene más. Pero si es un día malo, como suelen ser la mayoría de los días en el tercer mundo, y no tenemos suerte, los temas graves recaen para el análisis y el dictamen de Investigaciones Klipphan.

Dibujo del humorista gráfico J R Mora

Redundemos: las carreras de Comunicación y de periodismo de las universidades públicas y privadas, de los institutos terciarios, no reventaron sus localidades durante los últimos veinte años por la irrupción misteriosa de dos generaciones de locos con necesidad de contar historias del presente. Son pocos los casos de jóvenes motivados por la espesura narrativa que puede dar la vida pública. Buena parte de ellos son los así llamados, precisamente, periodistas narrativos o cronistas de indias. En ellos tal vez se encarne la paradoja de la época digital, porque podrían desplegar su vocación, su arte, su vanguardismo, sin entregar libras de carne mental a una máquina vieja, del pasado, como es un diario de papel y prescindir en un solo movimiento de patrones y editores. Vivir afuera. Sin Galtieri. Si quieren decir algo, los narrativos podrían mandar mails largos, postearlos en un blog o filmarse leyéndolo y subirlo a YouTube. Se deforesta menos y el impacto cultural será mayor y de más largo alcance. Claro, de qué vivir, es la pregunta inmediata. No tenemos respuesta.

Para el resto de la prensa, para los que no narran ni quieren narrar, para los que todavía no saben lo que quieren con ese trabajo, y para los que tienen una distancia cultural y afectiva enorme con el objeto al que frecuentan a diario, la sociedad, la política, la política internacional, su inserción en los medios fue el efecto de aquella idea de que en los medios pasaba algo que podía salvar el tiempo vital que se va a consumir manteniéndose parados en el mismo lugar social. Pero, bueno, esta realidad, compañeros, ya es pasado. Ya es carne azul colgada en la heladera. Porque la matrícula decreció monumentalmente en la carrera de Comunicación en los últimos dos años. Porque los jóvenes quieren ahora diseñar ropa. Necesitan diseñar ropa. Ser Trosman y ser Churba.

Los malos salarios y la creciente paraguayización de los medios realmente existentes sepultan entonces la fantasía de un oficio, el periodismo que, es justo decirlo, puede ser bastante lindo, de lo mejor que hay para hacer en los países contenidos bajo el universal capitalismo y democracia. Un oficio que, si te preguntan, consistiría en contarle a los demás, que no pueden estar en todos lados, y lo mejor posible, lo que pasó ayer. Y que cuantos más puedan contarlo y cuantos más puedan contarlo mejor, harían de las conversaciones públicas plataformas más eficientes para el progreso de la comunidad.

Nombres propios de esta época han contribuido a la decadencia. Agarrémonos con los más poderosos, con los que tienen más musculitos, que es la única forma de no ser la señorita del pabellón. Albistur y el fenomenal Alberto Fernández que inventaron medios porque hay pauta para dar y de la cual morder, que botaron barcos factoría como los de Sergio Spolsky para hacer siete revistas y diarios, suplementos e inserts, todos con el mismo personal, que escribe los mismos textos, porque el negocio no es que se lea y se gane dinero por el efecto de haber dado en cierto clavo de cierto gusto popular, sino porque el negocio es la pauta publicitaria estatal que no está asociada a ningún criterio de ejemplares vendidos o de compensar las desigualdades materiales que algunos medios tienen respecto de otros. También así se domesticó la ilusión de un oficio y ya son los propios periodistas que nos chatean amargamente a la tarde los que adquieren una conciencia fuerte acerca de la baja calidad de lo que hacen, de lo que hacen sus compañeros en los escritorios vecinos y de la escasa utilidad pública de su trabajo. Les cuesta la conciencia de clase, eso también, porque sería el acabóse. Constituirse como parte de un colectivo que reclame un piso, no sólo salarial, sino de los términos aceptables para hacer el trabajo es una muestra de debilidad flagrante en una redacción. Te hace menos competitivo a los ojos de los demás, si este gil fuera bueno, no estaría llorando por plata o porque lo traten mejor, se piensa desde determinados escritorios. Pero ya se van a mirar al espejo, más grandes, más boludos y, si estiran el razonamiento, puede que se vean cruzados por las sondas, en la terapia intensiva, viejos y resentidos, en esas camas tremendas con pedales de fierro, viendo cómo el balance entre lo que recibió y lo que se le dio a la comunidad da mal. Da como el orto.

Esta columna fue publicada en “Los trabajos prácticos”

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~ por Lord Wigan en septiembre 18, 2008.

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