Gluck los despide hasta mañana

El joven poeta Orfeo acaba de perder a Euridice poco después de celebrado el matrimonio. Afligido, llora con amargura junto a su lecho mortuorio. Todos los que lo acompañan expresan también su profundo dolor y conmoción, y rinden homenaje a Euridice depositando flores sobre sus restos mortales.

Luego, Orfeo pide a todos que le dejen solo con su desventura.

Enajenado como consecuencia del profundo dolor que siente, no deja de invocar a su amada.

La desesperación lleva a Orfeo a maldecir a los dioses y a solicitarles que le devuelvan a Euridice y les  advierte que está dispuesto a ir en su busca hasta los mismísimos confines de ultratumba.

Súbitamente aparece el dios Amore (Cupido) comunicando a Orfeo que los dioses, conmovidos por su desconsuelo, le conceden la posibilidad de intentar el rescate de Euridice.

Para ello, deberá descender hasta las profundidades del reino de los muertos y apaciguar con su canto la ira de los espectros infernales, a fin de que le permitan el paso hacia la morada de los espíritus bienaventurados y así recuperar a su joven esposa.

Orfeo se muestra esperanzado pero Amore lo advierte de las condiciones impuestas por los dioses.

La voluntad suprema obliga a Orfeo a no dirigir la mirada ni abrazar a Euridice hasta el momento de regresar al mundo de los vivos; de contravenir esta imposición la perdería para siempre.

Orfeo, que acepta el reto, se muestra dispuesto a emprender tan dramática empresa y a cumplir lo pactado.

Esperanzado ante la posibilidad de recuperar a su amada, Orfeo parte hacia ultratumba dispuesto a soportar cualquier sufrimiento.

Los espectros malignos se preguntan quién es el osado que se aproxima desafiante hasta sus dominios.

Orfeo, con un canto implorante, trata de calmar su furia e infundir en ellos un atisbo de piedad ante su cruel sufrimiento. Las sombras del inframundo no se muestran proclives a la compasión.

Los espíritus advierten a Orfeo de que no hallará otra cosa que luto y gemidos en tan horribles y funestos umbrales.

Orfeo les expresa que, al igual que ellos, sufre mil dolores y que consigo lleva su propio infierno.

El joven parece amansar el ánimo de las furias que, finalmente, en un estado de frenética agitación, acceden a franquear el paso a Orfeo, permitiéndole traspasar sus confines en busca de Euridice.

Orfeo, con su dulce canto, ha vencido la resistencia de las sombras del mal y se encamina hacia la morada en la que reposa su amada.

Euridice y los seres angelicales que la acompañan disfrutan en un agradable y placentero lugar de paz y dulce reposo.

Tras retirarse Euridice y su cortejo llega Orfeo que se muestra deslumbrado ante la pureza de la luz de tan mágico lugar.

Un grupo de espíritus venturosos llama a Orfeo invitándolo a recibir a su joven esposa.

Orfeo se muestra impaciente y ardiente de deseo por recuperar a Euridice.

Euridice es conducida hasta su amado que, tomándola de la mano y sin dirigirle su mirada, la encamina hacia la salida de esta morada.

El camino de regreso hacia el mundo de los vivos es tortuoso. Orfeo, que continúa sin contemplar el rostro de su amada, le pide que siga sus pasos. Euridice, creyendo estar delirando, se pregunta si verdaderamente se trata de Orfeo.

El joven trata de calmarla diciéndole que verdaderamente es él. Euridice comienza a pensar que tal vez Orfeo ya no la ame, que su mirada esquiva denote que ella ha perdido su belleza. La joven se desespera y Orfeo sufre intentando que Euridice continúe junto a él su camino para regresar cuanto antes al mundo de los vivos.

Euridice, en el colmo de su desesperación, se pregunta si vale la pena volver de la muerte para sufrir tanto sin el amor de Orfeo.

Euridice se consume en llanto y pide a Orfeo que la consuele. Completamente abatido por la angustia y el dolor que siente, el joven pierde por un momento la razón y, volviéndose hacia Euridice, la abraza y la besa con pasión. En ese mismo instante su amada esposa desfallece y cae muerta de forma fulminante. Orfeo recuerda con horror el pacto y se inculpa por su incumplimiento.

Orfeo, arrodillado junto al cuerpo de su amada, se pregunta qué será de él sin Euridice.

Orfeo está decidido a no abandonar esta vez a Euridice y, abatido por tanto tormento, decide quitarse la vida. En el mismo instante en que va a consumar el suicidio se le aparece Amore. Orfeo le pregunta qué es lo que pretende en tan penoso momento y éste le dice que devolverle a Euridice, sin exigirle ninguna otra prueba de su constante amor. La joven recobra la vida ante el asombro de Orfeo.

Los felices esposos se funden en un abrazo y agradecen su felicidad a Amore.

Todos los presentes cantan alborozados el triunfo del amor.

Aquí, el momento en el que Orfeo se culpa de haber roto el pacto con los dioses y causar, de ese modo, la muerte de Euridice.

Bernadette Manca di Nissa canta “Che farò senza Euridice?”, de la ópera Orfeo ed Euridice, escrita por Christoph Willibald Gluck

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~ por Lord Wigan en septiembre 15, 2008.

Una respuesta to “Gluck los despide hasta mañana”

  1. Maravillosa y conmovedora. Gracias por este regalo!

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