Camerún, nuestro primer viaje

Lo prometido es deuda.

He aquí la primera de las crónicas de viaje de nuestra columnista maja Cristina Costa.

Mi primera vez en África

Un viaje iniciático a Camerún, un país sin infraestructura turística pero con bellos lugares, sólo apto para viajeros dispuestos a la incomodidad.

Cuando uno decide viajar al África negra ya sabe que se está yendo a otro planeta. Poco sabía de Camerún aparte de Eto’o y de algún otro hecho futbolístico memorable. Ni siquiera es de los países de los que suenan en las noticias.

La forma más razonable de llegar al país de los camarones (de ahí su nombre) es vía París, con Air France. Y, en la misma cola de embarque, los estampados coloridos y geométricos de los compañeros de viaje son la puerta de entrada a lo desconocido.

Aunque lo más delicioso de este viaje iniciático fue, sin duda, el descubrimiento de otras vidas, otros códigos, otras magias, espíritus y misterios con aroma de maní, también mereció la pena recorrer los otros lugares, los comunes.

Primero, un barrio de la periferia de la capital, Yaoundé, al lado del cual las villas porteñas parecen metrópolis del cuarto milenio.

Sin embargo, la vida sigue y, por lo general, sigue bailando. Porque la música y la danza aquí es como respirar y el ritmo del tamtam es el latido que hace que todo siga fluyendo. De hecho, son innumerables los instrumentos de percusión que se pueden encontrar en las ferias de artesanías, en las que, además de típicas máscaras oscuras y misteriosas, también se puede encontrar interesante orfebrería en oro y plata. Aquí, el regateo es una ceremonia a la que más vale acercarse con paciencia y humor.

Palacio real de Foumbam

Otra de las paradas ineludibles son las casas de telas, que son mucho más que la materia prima de una prenda de vestir. Los motivos de los estampados, diversísimos y que van cambiando de año en año, pueden entre otras cosas identificar al clan familiar. Hay estampados conmemorando el día de la mujer e incluso con las caras de Chirac y de presidente camerunés, Paul Biya.

Yaoundé, construida sobre siete colinas, está en el centro de este país costero que limita con Nigeria, el Chad, la República Centroafricana, el Congo, Gabón y Guinea Ecuatorial. La segunda etapa del viaje fue Bafia, una zona rural al nordeste de Yaoundé. Gracias a las infraestructuras heredadas de los tiempos de la colonia francesa, el recorrido se puede hacer en auto por una carretera en muy buen estado. Al salir del bullicio de la ciudad uno se da cuenta de que está en una región de vegetación tropical exhuberante, que crece sobre una tierra color rojo intenso, rica y fértil.

Un poco más al norte se encuentra Foumban. En la ruta el paisaje se va secando poco a poco hasta dar con la sabana. Foumban es un lugar muy peculiar. Es considerada la capital histórica del reino de Bamum, una dinastía ancestral cuyo palacio, ahora convertido en museo, data del siglo XVIII.

El rey Njoya (1889-1933), una de las figuras culturales más relevantes del país, fue mecenas, creó escuelas e incluso llegó a diseñar un sistema de escritura pictográfico.

El recorrido camerunés termina en Kribi, un pueblo pesquero, 170 km al sur de Douala. Kribi se ha convertido en destino de descanso de aquellos nacionales que pueden darse tal lujo. Y no es de extrañar. Un amanecer al borde de estas playas rodeadas de vegetación serena a las que, por suerte, no ha llegado ningún boom inmobiliario es un lujo que no tiene precio.

Nota publicada en Crítica Digital

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~ por Lord Wigan en septiembre 5, 2008.

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