El fin del periodismo (primera parte)

Ante este tipo de artículos, no queda otra que sacarse el sombrero.

En verdad, sería bueno que esta nota (dividida en dos partes) recorra todos los hogares mediatizados del país.

Como ustedes saben, el lema de este blog es “Nos mean y la prensa dice que llueve”. Esta columna del periodista Esteban Schmidt va en esa línea, aunque escrita como la puta madre.

Pasen y vean una verdadera joyita de estos tiempos.

Lanata en una redacción 

Schmidt y el fin del periodismo: primer borrador, primera parte

Jorge Lanata actualizó su estado: Lino trajo pizza al camarín y jeje, ñam, ñam, fiesta, fiesta. Por esa acción muchos de sus empleados de Crítica no saben decir qué están haciendo ahora. Esperaban con ansias, con pasión tropical, que el gordo los confirmara como amigos, para siempre, que les escribiera en su muro, hola, tanto tiempo, me gustó tu nota, tu cola, tu picada, y nada, nada, ni bola, sólo unos qué tal de muestra gratis en los pasillos, un boludo como autógrafo, si ganaban confianza, y ahora se quieren matar, ahora que Jorge confirmó su presencia en el evento teatro de revistas se quieren cortar las bolas, quieren tomar vitaminas de pudor porque experimentan una regresión infernal a los días de crayón corto en la mano. Vergüenza en el inconciente virgen pero a los treinta años. Digamos que todos los soldados de Crítica tienen más o menos treinta. Sienten, los cronistas sienten. Sienten que se han unido al grupo estoooy maaal, porque querían trabajar en un diario nuevo y prestigioso, loco, en el último de papel, ¡el último!, y hacerlo bien y que les pagaran, que los felicitaran por trabajar ahí, y que todo estuviera bien, que el brillo de cada uno hiciera brillar a todos. Buenos deseos en un conjunto de buenos muchachos. ¿Por qué, ahora, esto?, ¿por qué esta burla del patrón? Del que hablaron tan bien. Al que tanto abastecieron con admiración. Quieren explicaciones de este padre lejano y mítico de quien dijeron, tantas veces, es genial, es tan creativo. Con él: ¡se aprende!

El cuadro es exagerado, seguramente, porque hay cosas peores. Se puede estar, a esta misma hora, cartoneando, se puede estar abusando de un menor, ¡esssa!, a esta misma hora, se puede, dentro de un rato, estar destruyendo una amistad para siempre. Pero, los mundos peores más pequeños, los mundos que se hacen peores cuando se afectan las expectativas, cuando el espejo empieza a devolver otra cosa y hay que aprender a vivir resignados y con bronca, ah, esos días también hay que pensarlos, hay que escucharlos, hay que hacerlos cantar. Prestemos nuestra colaboración para esta marsellesa que nadie quería entonar. Porque, ojo, así presentan las cosas ellos mismos, no inventamos nada. Así lo dicen los periodistas, los cronistas, los jornalistas amigos que nos informan en vivo, en directo, y por gtalk, desde la mismísima sede de la contrarrevolución en la calle Maipú y Corrientes. Los que nos chatean amargamente a la tarde y nos cuentan la desdicha de perder espacio a cuenta del azafato y locutor Fernando Peña. Que se enferman por el lenguaje de cabaret en la tapa para referir siempre a la sexualidad, y porque la firma de los compañeros no vale nada y se termina usando como castigo ante una mala nota, el día que te salió mal. Galtieri, el nombre que han elegido para llamar su jefe de redacción, ordena desde las alturas a sus editores: ponele la firma, así se come el garrón.

Cuentan en el chat, nuestros amigos, sus me quiero ir de acá, sus dramáticos no sé a dónde. Y cuentan las horas que quedan hasta el cierre. Sabés que entro y ya pienso en irme, Estebitan. A las cinco de la tarde alucinan el subte que los devuelva a sus casas a las diez. Al menos, es un chateo pago, les decimos, un chateo con el taxímetro puesto, ¡cúrrenlos todo lo que puedan!, pero ellos ya están espiando el depósito en otra ventanita del monitor y haciendo planes sobre el futuro, casarse, en general, las chicas; viajar, las más jovencitas, que es tan importante viajar; entre los varones, armar algo, hacer crecer algo, patear mejor al arco, de sobrepique, ¡por dios!, dale, dale, al ángulo, ¡¡¡gooooooooool!!!, plantar una bandera en Iwo Jima, o aparearse todo lo que puedan para compensar la injusta prohibición del incesto. Tales son las cosas que suceden entre sus parietales. Lo sabemos por el chat. Lo dicen ellos.

En nuestro país, y en el negocio que han elegido, les decimos nosotros, la suma de méritos personales, la escolarización, el riesgo, el sacrificio, y el talento aplicado no van a superar nunca los efectos que se obtienen de sumar silencios y complacencias al espíritu de época y a los grandes consensos. Y es por uno de ellos, por haber cedido tan blandamente, tan alegremente a uno de ellos que ahora se sienten mal, muchachos. Hablemos, compañeros, de ese consenso que dice, o decía: Lanata es un genio. Porque de haber permanecido firmes en su agenda de clase no propietaria, en su agenda de escolarizados sarmientinos preguntándose cada día si estarían haciendo un bien a la comunidad con sus notas, promoviendo el progreso, si sus artículos mejorarían las perspectivas de su clase de no seguir perdiendo participación en la torta ante las clases propietarias se sentirían mejor y actualizarían su estado a: ¿vieron? Se unirían al grupo la vi venir.

Lo de Lanata, hablemos crueldades, se malinterpretó desde el arranque. Desde el principio de los tiempos, desde que supimos de él. Sabemos que hubo más, pero pocas cosas fueron más emblemáticas que haber pintado un diario de amarillo hace quince años y llamarlo Amarillo/12. Eso, de alguna manera, fue condenar a Página/12 como interlocutor para los asuntos importantes de la Argentina, que quedarían reservados, en el campo de los medios y, por todos los años siguientes y, quien sabe para toda la vida que aun le quede a los diarios de papel, en las manos de Clarín y La Nación. Por meternos con el día consagratorio de la creatividad de Lanata. Pero fue una pavada. Un chiste que no se había hecho nunca, eso sí. El viejo truco de profanar lo sagrado. Que para hacer una revolución, fenómeno. Para hacer quilombo, fenómeno. Pero como máquina, como sistema, no produjo nada y lo banalizó todo. Más o menos lo mismo que hacer teatro de revistas, entretenimiento del más sencillo, hecho con el diario en la mano, como una canción de León pero con gracia, que está bien para Pepe Arias, para García Grau –un tipo bárbaro al que se recuerda poco– pero, por todo lo que nos dicen por el chat el colectivo de periodistas que Lanata conduce, no quieren que Lanata lo haga por cuanto los relativiza, los baja de periodistas a empleados de un cómico. Que los hará, además, y si no renuncian, producir una información que será más valorada cuanto más sirva a los efectos de ser incluida en los monólogos del Maipo. La misma ecuación de efectividad laboral que se aplicó hace ocho años en la revista 23, sólo que respecto al rendimiento televisivo de los informes que se hacían para el semanario.

Obviamente que los artículos de cualquier chico de Clarín, que terminó una de esas maestrías donde da clases Lalo Mir, si toman la escala de lo público estatal y de los negocios, terminará abasteciendo las bilaterales de Magnetto con el presidente de turno. El caso más claro y último fue el apriete que Clarín le hizo al gobierno denunciando la gestión de la ambientalista Picolotti y que desató todo el quilombo posterior entre el diario de Horacio Pagani y el gobierno de Sergio Massa. En definitiva, un periodista es un forro casi siempre. En el sentido menos profiláctico del término y, sí, en el sentido más viscoso, en el sentido más use y tire. Y muy, muy pocas veces, no es un forro. Se pueden poner trajes, viajar en avión, dar charlas en Columbia pero sus vidas se resumen a ser mediadores de extorsiones. Salvemos a los periodistas narrativos que zafan por ser los Cándido López de la Guerra del Paraguay —que igual quedó manco en Curupayti, ¿correcto?—, salvemos también a algunos columnistas, y a los que se han especializado en algo y con cuentagotas tratan de filtrar una agenda útil para la comunidad.

Tomemos el caso de Daniel Santoro –el periodista, no el pintor peronista–, que tiene un programa muy importante de cable llamado Informe Santoro, y que cobró notoriedad, como diría el mismo, cuando los americanos le pasaron una carpeta sobre el tráfico de armas a Ecuador. ¡Qué investigador!, ¡Qué informe, Santoro! O sea, para un vecino común, como diría Macri, para un común, parece que Daniel se infiltró onda Jack Bauer a buscar unos papeles secretos, pero no, fue puntualmente Jack Bauer el que robó los papeles para unos tipos de traje que lo esperaban afuera y que se lo pasaron a Danielito en la confitería Donnay con el objeto de cagar a alguien, de cagar a muchos, o simplemente para mostrar la pija imperial.

Los diarios, suponemos nosotros, conservadoramente quizás, no hay que intervenirlos, porque es como intervenir los hechos de ayer. Es como hacerle una barba candado a una foto de Hitler y fotoyopearle un arito al fuhrer. Dejalo como está, como fue, así lo pensamos mejor. Intervenir lo que los diarios informan sobre lo sucedido implica decir que importa más el cómo te lo digo que el qué te estoy diciendo y eso, en los diarios, no puede ser. Por una regla de juego social básica. Porque cada actor debe cumplir la promesa que hace. Porque el policía no debe ser ladrón, porque el juez no puede ser parcial. El periodista no puede tomarse en joda los hechos. Más si le va a pedir, como tan insistentemente hace, al policía que no afane y al juez que no arregle con una de las partes. El humorista, obvio que sí. Santoro, el pintor, también. Que Evita vuele, que Evita evite a Juan, que resucite, que tome helado con Magaldi en Freddo, si Santoro lo siente así. Y, por esa contradicción, es que Sátira/12 no funcionó nunca. Si te querían hacer reír en el cuerpo principal, ¿para que además te daban un suplemento? El qué debe ir adelante del cómo para que la libertad de la prensa valga bien la pena. Exageremos: debe ser así para para que valga la pena dar la vida por eso. Se puede, en todo caso, anunciar que el diario será un hecho estético, como lo es la revista Barcelona. Los diarios, en el caso ideal, deberían informar, transparentar la vida pública para el público, que no está ni puede estar en todos lados, para alentar sobre la práctica del socorro mutuo o alertar sobre el sálvese quien pueda (esto es una ingenuidad, ya lo mejoraremos). El Amarillo/12 fue una broma. Fundó una máquina periodística de hacer chistes hasta la descompostura, hasta ponernos amarillos. Claro, cada uno hace el diario que quiere. Por eso el problema nunca fue Lanata. El problema fueron los afiliados a su partido. Los que se subordinaron a su forma de ver las cosas y no advirtieron que, además, son muy pocas las cosas que él ve.

Columna publicada en la página “Los trabajos prácticos”

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~ por Lord Wigan en septiembre 4, 2008.

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