Los ascos de la clase media

Esta columna lleva la firma de Lucas Carrasco y fue publicada el viernes 1 de agosto en el blog República Unida de la Soja.

Soy un populista incurable.

Nunca ganaría una elección una fuerza política que siguiera mis consejos. Y es que, en el fondo, tengo la sospecha de que la derrota persigue cierto encanto, cierto poder oscuro donde late el deseo. Qué bolazo que dije, pero algo de eso puede haber. Algo así.
Pienso que una fuerza política que suba al palco a Delía, el terror de la gente de adentro, un tipo que es gordo, morocho, del conurbano y que está dispuesto a putear y pegar una piña, me cae bien. Me cae bien que lo suban al palco. Me cae bien una fuerza política que enfrente, o siquiera amague, o insinúe, prepotear a Clarín, a la jerarquía católica, que se junte con Hebe de Bonafini, que reciba su pañuelo.

Me gusta ir a los actos y ver a las señoras gordas y pobres de Barrios de Pie tomando gaseosas de segundas marcas, me gusta mirar a los jujeños mascando coca de la Tupak, me caen bien –aunque extraños- los pibes de barba y pelo largo de la JP Evita, me resulta agradable leer Página 12, acordarme del cuadro de Videla, de la primer ministra de Economía, de las mujeres en la Corte, de Zaffaroni, sí, Zaffaroni ahí.

Me gusta acordarme del himno de Charly García en la ESMA, del discurso de Victoria Donda –que ahora es diputada, diputada- de Torcuato di Tella diciendo que le aburre el teatro y que no le importa la puta que esté al frente del Museo de Bellas Artes, me cae bien todo eso. Lo extraño a Ginés González García, ese personaje con pinta de fiestero. Una mujer en el Ministerio de Defensa, poder hablar del aborto, la deuda externa, el FMI, la legalización de las drogas. Poder hablar de este modo.

Me gustó que Kunkel le dijera hijo de puta a Solá, y sí. Que Bonasso sea diputado, también. Que Recalde grabe a los coimeros, que no esté más Nina Juárez, que se haya hundido en su mugre el progresismo berreta y conservador. Creo que nada de esto sirve para ganar una elección, creo que esto por sí mismo no alcanza para hacer un país más justo. Creo que se están apagando las cenizas.

Ya veo las caras de los inteligentísimos avispados que, con gesto de yo te dije, pasarán al frente para explicarnos que somos unos estúpidos irremediables, que todo esto es un engaño, una fantasía. Bien, pasen, adelante. Yo soy así: lo disfruté. Quizás quede algo más por ver. Quizás no. Pero si estuviese en Venezuela sería chavista, si estuviese en Bolivia compraría las postales de Evo Morales, si estuviese en Ecuador apoyaría a Correa, si estuviese en Brasil me vendría a la Argentina, donde Kirchner cumple las promesas de campaña del PT, si estuviese en Uruguay me sentiría un extraño, si estuviese en Chile tiraría piedras contra los carabineros.

Soy un populista irremediable. Y Lozano me parece un pajero. ¿Por qué nadie escribirá mi canción, mi ensayo, la parte que me toca por ser, también, de clase media? ¿Por qué los que escriben sobre mí nunca me tienen en cuenta, porqué no detenerse en que yo no trabajo con las manos, no soy asalariado, compro más de tres diarios, escucho a Mozart y voy al cine y al teatro y a los actos kirchneristas? Qué extraña representación: un país donde todos somos clases medias, no existen los empresarios –sino los camioneros, los productores, los periodistas, pero nadie es empresario, parece- ni los trabajadores. Existen las clases medias y los kirchneristas, que son esos negros que viven de un plan social o trabajan en el Estado y son fuerza de choque, descerebrados que, perdónalos Jesús, no saben lo que hacen.

Tranquilos, ya les llegará su turno. Relean los dos primeros párrafos que escribí y entenderán: estoy acostumbrado a ser minoría. Ya les llegará su turno de hacer un país serio, con derechas e izquierdas y con división de poderes. Ya les llegará, no se desesperen. Vendrán las caras bonitas, los discursos con citas a Weber, los salvadores de la Patria, los respetuosos de las instituciones, los que luchan por la libertad y la dignidad, los restauradores de la democracia. Yo me volveré al rincón. A asustarlos, a ustedes que se asustan fácil, a asustarlos con que cuidado, despacio, que siempre podemos volver. Que puede volver la turba de sindicalistas, gordos del conurbano, pañuelos blancos, pendejos faloperos, barbudos y barderos, señoras tomando gaseosas de segundas marcas agarradas a una cuerda dentro de una columna piquetera, y un muchacho, ahí a la izquierda, que escucha a Mozart y en el fondo está contento con que la canción de las clases medias no lo incluya.

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~ por Lord Wigan en agosto 4, 2008.

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